- Nombre completo
- Rafael Molina Sánchez «Lagartijo»
- Nacimiento
- 27 de noviembre de 1841, Córdoba
- Muerte
- 1 de agosto de 1900, Córdoba
- Alternativa
- 29 de septiembre de 1865, Madrid
- Estilo
- Elegancia aristocrática, toreo de capa exquisito
- Rivalidad
- Salvador Sánchez «Frascuelo»
El primer califa
Rafael Molina «Lagartijo» fue el primero de los tres grandes Califas de Córdoba y el torero más elegante de la segunda mitad del siglo XIX. Nacido en 1841 en la capital cordobesa, Lagartijo elevó el toreo a la categoría de arte cuando todavía era considerado un espectáculo eminentemente por su brutalidad.
Lagartijo tomó la alternativa en 1865 y durante casi tres décadas ocupó la cúspide del toreo español. Su estilo — señorial, sereno, majestuoso— contrastaba con la bravura bronca de Frascuelo, su eterno rival, creando una de las primeras grandes rivalidades de la historia de la tauromaquia.
La elegancia innata
Lo que distinguía a Lagartijo de todos sus contemporáneos era su naturalidad. Mientras que otros toreros ejecutaban las suertes con esfuerzo visible, Lagartijo toreaba como si no le costara ningún trabajo. Su capote fluía con la gracia de un baile, y su muleta dirigía al toro con una suavidad que anticipaba, en cierto modo, la revolución que Juan Belmonte llevaría a cabo décadas después.
Los críticos de la época describían su toreo con vocabulario artístico:
- Porte: Una presencia en el ruedo que imponía respeto sin necesidad de temeridad.
- Naturalidad: Todo parecía fluir sin esfuerzo, como si torear fuera la cosa más sencilla del mundo.
- Señorío: Lagartijo toreaba como un aristócrata, con una dignidad que elevaba el oficio.
- Versatilidad: Dominaba todas las suertes con competencia, aunque brillaba especialmente con el capote.
La rivalidad con Frascuelo
La rivalidad entre Lagartijo y Frascuelo dividió a España durante más de veinte años (1868-1890). Madrid se partió en dos bandos irreconciliables: los «lagartijistas» — que valoraban la elegancia y el arte— y los «frascuelistas» — que preferían el valor y la entrega.
Esta rivalidad fue la primera gran dualidad de la tauromaquia y estableció un patrón que se repetiría a lo largo de la historia: Joselito vs. Belmonte, Manolete vs. Arruza, Ponce vs. José Tomás. La dualidad entre el arte y el valor, entre la cabeza y el corazón, es consustancial al toreo, y Lagartijo fue el primer representante del bando artístico.
Córdoba y los Califas
Lagartijo inauguró la saga de los tres Califas de Córdoba, completada después por Guerrita y Manolete. El título de «Califa» — referencia a los gobernantes del califato cordobés medieval— refleja la posición de supremacía absoluta que estos tres toreros ocuparon en su época.
Córdoba, ciudad con una tradición taurina milenaria, ha producido más toreros de primera línea por habitante que cualquier otra ciudad española. La Plaza de los Califas lleva precisamente este nombre en honor a los tres grandes matadores cordobeses.
Legado
Lagartijo se retiró en 1893, tras casi treinta años de carrera, y su influencia perduró en las generaciones siguientes. Su concepto del toreo como arte — y no solo como demostración de valentía— fue el germen de la revolución belmonteña y, por extensión, del toreo moderno. Sin Lagartijo, quizás Belmonte no habría tenido el terreno preparado para su revolución.
¿Sabías que...?
El apodo «Lagartijo» (lagartija) se debía a la agilidad y la rapidez con las que el joven Rafael se movía en el ruedo en sus primeros años. Con el tiempo, cuando maduró su estilo hacia la elegancia serena, el contraste entre su apodo agreste y su toreo señorial añadió una nota irónica a su leyenda.