Los caballeros y el toro
Durante la Edad Media, el enfrentamiento con el toro era un privilegio de la nobleza. Los caballeros castellanos, aragoneses y navarros alanceaban toros desde el caballo como demostración de destreza, valor y dominio ecuestre. No existía todavía el toreo a pie: el matador era un jinete armado que perseguía al toro en campo abierto o en plazas improvisadas.
Esta práctica — origen directo del rejoneo actual— estaba vinculada a las celebraciones reales: coronaciones, bodas, nacimientos de herederos y victorias militares se festejaban con corridas de toros que reunían a la corte y al pueblo.
Las fiestas de toros en Castilla
Los reyes de Castilla fueron grandes promotores de las fiestas de toros. Alfonso X «El Sabio» las reguló en las Siete Partidas (siglo XIII), y desde entonces las corridas formaron parte del calendario festivo de todas las ciudades importantes del reino.
Las plazas mayores de las ciudades castellanas — Madrid, Valladolid, Salamanca— se convertían en cosos improvisados. Se cerraban las bocacalles con carros y tablones, y la nobleza alanceaba toros mientras el pueblo observaba desde balcones y tablados.
El toreo a pie: los inicios
A medida que la Edad Media avanzaba, los peones — sirvientes y escuderos de los caballeros— comenzaron a participar en la lidia con capotes improvisados, distrayendo al toro para facilitar la labor del jinete. De esta función auxiliar nacería, con el tiempo, el toreo a pie.
Los primeros «matadores» a pie eran hombres del pueblo llano — matarifes, carniceros, mozos de cuadra— que encontraron en el toro una forma de demostrar su valor y ascender socialmente. La transición del toreo a caballo al toreo a pie sería completa en el siglo XVIII, con la aparición de Pedro Romero y Pepe-Hillo.
La Iglesia y los toros
La relación entre la Iglesia católica y los toros fue compleja. Varios papas intentaron prohibir las corridas — Pío V las condenó en 1567—, pero la costumbre estaba tan arraigada que las prohibiciones fueron ignoradas sistemáticamente. Los propios clérigos asistían a los festejos, y muchas corridas se celebraban con motivo de fiestas religiosas.
Esta tensión entre la Iglesia y la tauromaquia ha perdurado hasta nuestros días, aunque con una intensidad mucho menor que en la Edad Media y el Renacimiento.
El toro medieval
El toro que se lidiaba en la Edad Media era muy diferente al actual. No existían ganaderías especializadas en bravura: los toros procedían de rebaños comunales o de grandes propiedades nobiliarias. Eran animales más pequeños que los actuales pero enormemente fieros, criados en estado semisalvaje en las dehesas y montes de la Península Ibérica.
Legado medieval
La tauromaquia medieval sentó las bases de la fiesta moderna. La estructura básica — un hombre enfrentándose a un toro en un espacio cerrado, ante un público— se estableció durante estos siglos. El Siglo de Oro español perfeccionaría este modelo, y el siglo XVIII lo revolucionaría para siempre.
¿Sabías que...?
El Cid Campeador es, según la leyenda, uno de los primeros caballeros que alanceó toros en la historia de España. Aunque no hay pruebas documentales definitivas, la tradición sitúa a Rodrigo Díaz de Vivar como protagonista de fiestas de toros en la corte de Alfonso VI de Castilla, en el siglo XI.